El mal de la muerte

 

Pretendo, guiada por la afirmación de Jacques Lacan: “Marguerite Duras sabe sin mí lo que yo enseño” extraer consecuencias de un conciso relato titulado: El mal de la muerte, valiéndome de la magnífica lectura que realizó Maurice Blanchot en su libro La comunidad inconfesable. Este relato de Marguerite Duras versa sobre un hombre que bajo contrato pasa unas cuantas noches con una mujer, un hombre que no ha conocido ni el amor, ni el deseo por una mujer, que siempre se ha movido en el mundo de los hombres donde su imagen se ha visto multiplicada. Por ello, resulta paradójico que sea, justamente, este relato el que nos sirva para pensar la comunidad. Es Blanchot, con una afinadísima lectura, el que permite resolver esta paradoja metiéndonos de lleno en ella.

El mal de la muerte / mujer-muerte

El mal de la muerte, más que un relato es un texto declarativo, que a través del “usted” interpela y determina a ese hombre que ha caído en la red de una suerte inexorable. Este “usted”, es una voz, que pone en primer plano la impotencia del hombre frente al cuerpo dormido de la mujer, pero no la impotencia banal, pues él la posee y la mujer goza, sino su incapacidad de amar: “Usted carece de poder sobre ella, indeterminada, desconocida, irreal, inapresable en su pasividad, ausente…”

Este texto declarativo nos servirá para preguntarnos sobre la “comunidad de los amantes”, y sobre el padecimiento de este hombre, que la mujer nombra como el “mal de la muerte”. Pero, ¿de qué muerte se trata? Aquí Blanchot hace un esfuerzo para distinguir entre distintas clases de muerte. No se trata de morir sin haber vivido, no es la muerte en vida; tampoco se trata de la muerte que supone una vida reducida al “sí mismo”, que deja al sujeto en la ignorancia de lo que será para él la perdida(1). No se trata de estas dos clases de muerte que es el abandono de una vida que jamás ha estado presente, sino de la muerte del que rechaza lo femenino y por tanto sus consecuencias.

Esta muerte que la mujer nombra como “el mal de la muerte”, se despliega en el relato a través del cuerpo femenino, ese cuerpo de la mujer que habría sido hecho de un solo trazo alrededor de un vacío, este cuerpo hace que se rompa la posibilidad de instituir sin fisuras lo mismo, lo homogéneo, lo semejante. Este cuerpo de mujer introduce la alteridad absoluta, lo hetero, la diferencia, lo Otro frente a lo Mismo. “Si el hombre es responsable, o bien, de ignorar lo femenino, o bien de que aún conociéndolo no lo conoce, no es sólo a él que le atañe semejante carga, sino que esta enfermedad se fomenta en esa que está allí y que la decreta por su existencia misma”.

Si el mal de la muerte se hace presente por la existencia del cuerpo femenino, ¿qué se nos dice sobre este cuerpo en el relato?, debilidad extrema que lleva en sí una fuerza invisible, “él siempre actuando frente a este cuerpo en su totalidad imposible, ella no es una forma cerrada”, pues el decir no alcanza para nombrar lo que haría de ella un conjunto aprehensible, “suma que integraría el infinito y así lo reduciría a un infinito integrable”.

El texto nos muestra cómo el mal de la muerte tiene que ver con la incapacidad de amar, de amar no en la igualdad, sino amar lo heterogéneo que participa en el mundo a través del cuerpo de la mujer. Enfermedad de la muerte por abandono de la vida que implica la diferencia, la disarmonía, etc. El hombre que con sus semejantes, con su imagen proyectada al infinito en el juego de los espejos, forma y genera sociedades, sociedades basadas en lo homogéneo, lo semejante, lo mismo, etc. Sociedades en las cuales la vida, la muerte, el amor, la mujer son desterradas y padecen el mal de la muerte. No podemos considerar a Marguerite Duras como una escritora que represente las posiciones radicalizadas del feminismo, ya que estas mantienen tan alejada la diferencia como cualquier grupo que se sustente sobre los valores estrictamente masculinos; pero sí, como una autora cuya escritura es “irreductible”, pues mediante la letra da cuenta de la imposibilidad de la relación sexual, del significante que falta en el Otro, del no-todo de lo femenino, de La mujer tachada.

El amor / un error

El hombre frente a este diagnóstico “usted tiene el mal de la muerte” pregunta, y este es el comienzo de respuesta: “Usted pregunta como podría sobrevenir el sentimiento de amar. Ella le responde a usted: Quizás por una falta repentina en la lógica del universo. Ella dice: Por ejemplo un error: Ella dice: jamás por un quererlo”. Que mejor descripción del no-todo que cuestiona y descompleta la lógica del todo fálico. Y como nos recuerda Lacan en R.S.I. en la elección del partenaire, en el amor, el azar juega en primer lugar su partida. El amor no respondería al orden, sino que sería más bien el caos, “no ha conocido leyes”, hace falta para amar que en el corazón de lo Mismo, surja lo heterogéneo, “lo Otro radical” con el cual toda relación significa: no relación, y que hace comparecer la imposibilidad, una imposibilidad que no puede ser enmascarada por el invento del “amor cortés.

¿Qué implica este lugar de la mujer, esta concepción del amor, esta incapacidad de amar la diferencia, para pensar la comunidad, el grupo o la sociedad? Blanchot nos recuerda la afirmación de Freud con respecto al grupo, grupo del cual son hacedores los hombres, pues tienen la virtud de formar sociedades gracias a su ubicación del lado de la excepción y del todo fálico. Y con respecto al grupo ¿qué estatuto darle a la mujer? Es la única que puede decir lo excesivo del amor, “invasor, exclusivo, aterrador”. La mujer sabe que el grupo, repetición de lo Mismo o de lo Semejante, es el sepulturero del verdadero amor que se nutre de diferencias. El grupo humano ordinario, civilizador, “tiende más o menos a hacer prevalecer lo homogéneo, lo repetitivo, lo continuo, sobre lo heterogéneo, lo nuevo y la aceptación de la falla”. La mujer es la “intrusa” que rompe la tranquila continuidad del vínculo social y no reconoce la prohibición. Ella participa de lo inconfesable.

La mujer / el decir

En este texto declarativo de M. Duras ¿qué expresión tiene lo femenino, la diferencia absoluta? La mujer se expresa rehusándose(2) tres veces, pero ¿a qué?:
Se rehúsa a nombrarle, pues si ella le nombrara él confundiría su decir (de ella) con la verdad de su ser (de él).
Rehúsa sus lágrimas pues considera que debiera abandonar esa costumbre que tiene de llorar por él mismo.
Rehúsa escuchar la historia del niño que fue demasiado amado por su madre, por otro lado una historia banal, y también, rehúsa hacer lo que él espera de ella: que sustituya a la madre.
¿Qué queda para este hombre del encuentro con ella? “Ella le deja el recuerdo de un amor perdido antes de que haya podido advenir”.

La comunidad electiva

La comunidad de los amantes es una comunidad electiva, se elige, no responde a la raza, sangre, tierra natal, es la elección la que une a sus miembros. ¿Pero qué diferencia esto de la cohesión o de la unión del grupo, de la sociedad “varonil”? La comunidad de los amantes, el cumplimiento de todo amor verdadero consistiría en realizarse bajo modalidad de la pérdida, pero no se trata de perder lo que nos ha pertenecido sino perder lo que nunca nadie ha tenido, y esto se distingue de forma radical del amor reducido a la espera o a la nostalgia.

La comunidad de los amantes no puede mantenerse en toda su radicalidad, por ello se atenúa mediante el matrimonio, compromiso que se establece con la colectividad, y que asegura una duración ya que se renuncia a los “execrables excesos del amor”. Es necesario este compromiso, pues la comunidad de los amantes lleva en sí misma el germen de la destrucción de la sociedad. Esta forma que tiene M. Duras de presentar a los amantes nos muestra que su concepción del encuentro no corresponde a ninguna idea de unión romántica.

Cómo nos enseña Jacques Lacan, el sujeto solo puede hacer la comprobación de lo imposible, cuando es posible el encuentro sexual, sólo se constata la imposibilidad a través de lo posible. Me pregunto entonces, al hilo de lo dicho antes, ¿a pesar de todo se forma comunidad? No se forma la comunidad a pesar de esto, sino que surge la comunidad a causa de esta imposibilidad. Los seres hacen comunidad, tratan de unirse para celebrar la verdad del fracaso de la unión perfecta, la mentira de la unión, pues esta unión se cumple no cumpliéndose. Se trata de uno al lado de otro, de la contigüidad, del uno por uno, “que nos preserva de representar la comedia de la alianza fusional… comunidad negativa, comunidad de los que no tienen comunidad”.

En todas estas cuestiones resuenan los problemas que mantuvo siempre abiertos Jacques Lacan con respecto a la comunidad de los analistas: la diferencia entre jerarquía y gradus, equivaldría a decir grupo o sociedad frente a comunidad; el interés por generar una institución que no padeciera los males de la IPA, para lo cual inventó el dispositivo del pase que a través de las distintas nominaciones, y sobre todo con la nominación de AE sanciona lo particular y singular de un sujeto sin que la institución necesite rápidamente reducir esta diferencia a lo homogéneo o lo mismo. Una institución que resistiese a la potencia de lo Mismo. Al final, una institución que acepte el reto y no se someta por completo a la lógica del todo y pueda darle el lugar que le corresponde a lo radicalmente hetero.

Todas estas cuestiones siguen siendo nuestro empeño y después de este recorrido podemos entender mejor lo que Jacques Lacan nos quería decir en su seminario “Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis” cuando nos hablaba de un “nuevo amor”, un amor sin los límites que impone lo edípico, un amor que desterrara “el mal de la muerte”, este mal que hace abandonar la vida, para así evitar la diferencia. Surgiría así “la significación de un amor sin límites, por estar fuera de los límites de la ley, único lugar donde puede vivir”(3).

Para terminar algunas preguntas que nos parecen importantes para nuestra comunidad analítica, una comunidad que trata de transmitir, por medio del dispositivo del pase, una experiencia como la del psicoanálisis donde el respeto por lo particular del caso no está reñido con la posibilidad de enseñanza. Transmisión cuyo reto sería encontrar cada vez las palabras, el decir que mejor haga resonar la imposibilidad, el límite de lo inconfesable. No es inconfesable por defecto o por intención, sino inconfesable porque está reñido con la palabra que lo nombre. Quizás se trata como dice Blanchot de encontrar las palabras con las que calla mejor lo indecible.

Conclusión

Esta declaración de Marguerite Duras tiene “un sentido político exigente”.
Este “sentido político” tiene una vigencia sorprendente. Sobre todo, cuando estamos inmersos en un mundo donde vemos proliferar lo que los comentaristas políticos han llamado “la cultura de la muerte”. Y no son únicamente el terrorismo y las guerras las que protagonizan la actualidad en este comienzo de siglo y nos obliga a diagnosticar como “cultura de la muerte” esta época. También, la violencia de género no explicable por una psicopatología desgajada del Otro social y referida exclusivamente al “individuo autónomo”, (ficción al servicio de la irresponsabilidad política); nos hace considerar de una actualidad sorprendente este breve relato de Marguerite Duras y esta reflexión de Blanchot.

Para terminar y como referencia cinematográfica que he rememorado al reescribir este texto, quisiera referirme al final de la película “La Dama de Shanghai” (1947) de Orson Welles donde la pareja protagonista perdidos en el juego de espejos de un parque de atracciones, se disparan el uno al otro. Lo que me parece más sugerente de esa escena es que intentando dar muerte al partenaire (un hombre y una mujer que padecen “el mal de la muerte”)(4) disparan a su propia imagen.

Mercedes de Francisco

Publicado en Revista Ornicar nº 23.


Bibliografía:
Lacan, J. Homenaje a M. Duras, Intervenciones y Textos 2. Manantial. Buenos Aires.
Duras, M. El arrebato de Lol V. Stein. Tusquets Editores. Barcelona.
Duras, M. El mal de la muerte. Tusquets Editores. Barcelona.
Blanchot, M. La comunidad inconfesable. Editorial Vuelta. Mexico.


(*) Texto publicado, en su primera versión con el título Marguerite Duras en la enseñanza de Jacques Lacan, en Cuadernos andaluces de psicoanálisis nº 23. Primer cuatrimestre de 1998.

Notas: 
(1) Como ejemplo literario de este segundo tipo de muerte tenemos un relato excelente de Henry James que Marguerite Duras adaptó para teatro La bestia en la jungla.
(2) Aquí conviene no confundir rehusar con la función que cumple “el privarse” para la histérica.
(3) Lacan, J. Seminario XI. Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis. Paidós, pág. 284.
(4) Los diálogos de la película muestran cómo el único que se salva de ello es el narrador, interpretado por Orson Welles, que desde el principio relata lo sucedido considerándose “un incauto”.

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