Anticristo de Lars Von Trier


Es sorprendente comprobar cómo la publicidad de esta película y las críticas vertidas sobre ella, han hecho que provoque un rechazo “a priori” injustificable.

Hasta los que la han defendido de los ataques furibundos de los críticos, entre otros, el de “nuestro” peculiar “enfant terrible” Boyero, caen en la ceguera del que prefiere seguir desconociendo lo que se nos da a ver. Aunque consideré a Lars Von Trier, desde sus comienzos, como un cineasta inquietante, distinto y, a la vez, gran director, en muchas ocasiones no estuve de acuerdo con su recurso a una salida religiosa (Rompiendo las olas). Sin embargo, esta es una película plagada de metáforas con alusiones bíblicas en las que el sentido religioso estalla cuando se abordan estos goces tan dispares del hombre y de la mujer.

La mostración en algunas escenas de una violencia explícita, tan denostada por los críticos, sirve de pantalla; es el velo que permite a los espectadores seguir ignorando lo que cada uno sabe por su propia experiencia.

Nadie quedará indiferente frente a este film, sentimientos de angustia, asco, rechazo, etc., resultarán en sí mismos inquietantes; y aunque se quieran despachar a la manera “chabacana” de Boyero, habrá algo que no terminará de dejarnos tranquilos. Envueltos en la música y en la belleza de la secuencia del comienzo ya estamos atrapados, contemplamos la caída por la ventana de un niño de un año, casi sin inmutarnos y a partir de aquí comenzará el despliegue de la tragedia.

Que en la mujer anide el mal y esté anudado al goce, es un tema ya descrito y tipificado por los griegos a través de sus dioses. Fue Tiresias -castigado durante años a ser mujer-, el que les hizo saber que la mujer goza diez veces más que el hombre. En Tiresias encontramos intacta esta aspiración, preferentemente masculina, a la contabilización de un goce incontable, no localizado que se experimenta en todo el cuerpo y que esta actriz nos logra transmitir magistralmente. Si algo me parece que fue justo en Cannes, fue el premio que le dieron a Charlotte Gainsbourg por esta interpretación.

No sabemos si Lars Von Trier conoce los desarrollos de Jacques Lacan en lo que se refiere al goce femenino y al masculino, y la imposibilidad de que se complementen, pero desde luego podemos decir que si no lo conoce “sabe sin él, lo que él enseña”.

En el prólogo, ya nos muestra que la feminidad y la maternidad no son la misma cosa para la mujer y que esto implica una desgarro fundamental. El papel de la naturaleza en esta película es un “engaño”, a la manera de una alegoría casi “infantil”, -el bosque se llama el Edén, la película el Antricristo, etc.-, que la protagonista se encarga de despejar. Se trata de la maldad como intrínseca a “la naturaleza humana”, en donde las mujeres están incluidas. Y si somos rigurosos, y seguimos las escansiones que el mismo Lars Von Trier nos propone, encontraremos que a partir de un momento el mal se nos da a ver como uno de los nombres que a lo largo de la historia de la humanidad se le ha dado al goce femenino. Tan extraño e incomprensible para los hombres como para ellas mismas, a diferencia que ellas los experimentan, o por lo menos algunas, y no es un goce ni parcial, ni localizado, ni contabilizable como el que responde al goce del órgano.

Esta mujer en algún momento lo describe, algo que les recorre el cuerpo y que las domina…; incluso la ablación que podría pensarse innecesaria, tiene su pertinencia por lo que ella nos dice después “esto tampoco sirve”; la mutilación no sirve para parar este goce que la “enloquece”.

En las mujeres no se trata de un goce localizado, aunque las “técnicas sexuales”, las terapias focalizadas sobre este tema lo promuevan, e incluso Freud incurrió en este error, como nos lo advierte Lacan, cuando trató de diferenciar dos goces en la mujer: el clitoridiano y el vaginal, intento fallido de dar un nombre a este goce suplementario que no tiene órgano que lo sostenga. ¡Quizás, no sea muy bueno que esto se sepa pues entonces se puede correr el riesgo de volver a las hogueras! Momento en la película que Lars Von Trier no se ahorra, aunque por lo menos ella ahí ya está muerta…

Este hombre, que en la primera escena aparece en el “esplendor” de una erección, y luego padre dolorido cuando entierran a su hijo, se transforma en un ser frío y casi maquínico cuando pasa a ser el psicólogo conductista de su mujer y comienza con la aplicación sistemática de sus técnicas. Trier ha elegido esta transformación para decirnos algo.

Según avanza el “tratamiento”, podemos comprobar como él la desconoce, es incapaz de escucharla en su singularidad y prefiere abordarla como un caso “típico”. Ya antes de la pérdida del hijo, él no estaba allí. Incluso ahora su dedicación enmascara el sadismo explícito en la película cuando se trata de “curarla” de su mal. Y nos preguntamos ¿cuál es su mal, que ella una y otra vez quiere decirle y que él con su semblante de “bienintencionado” corta permanentemente? Se trata de este goce que la arrastra, hasta el punto de “sacrificar” al hijo, y más tarde ir ella al sacrificio.

Es muy interesante cómo por un momento el director nos hace creer que ella lo que pretende es matarle, pero no, ella lo podrá torturar para que no la abandone, le exigirá que haga algo para “encauzar” ese goce sin cauce, y comprobará una y otra vez que ni el coito ni la ablación terminarán con esto y sólo encontrará la muerte como solución.

¿Hubiera sido, quizás, el amor una vía posible? ¿Y por qué no el amor de transferencia que el psicoanálisis propone?

Es cierto que Lars Von Trier, nos da un pequeño respiro, nos muestra que es una mujer que padece una psicosis desencadenada con la maternidad. Ha ido dando signos de ello, cuando calzaba a su hijo al revés infringiéndole un daño, cuando interpreta que el niño tenía la intención de alejarse de ella, cuando alucina en el bosque el llanto de su hijo, etc. Psicosis que el marido -que se presenta tan experimentado como psicólogo- no logra ni atisbar. Esta madre que, en un principio, parece bastante dedicada al hijo muestra esta otra faz. Pero, qué decir de los “sueños extraños” que él comienza a tener, de sus alucinaciones que no son menos que las de ella. No nos servirá de coartada el diagnóstico, aunque en otro contexto pueda ser de mucha utilidad, pero aquí se trata más bien de la locura que les afecta a ambos y que le lleva a él a matarla y, después, quemarla en la hoguera. No hay nada nuevo en esto, ella considera eso que experimenta como el mal, y él con su aparente promoción de lo cognitivo termina matándola.

Hay creo, varios avisos para navegantes. A ellos, que parecen proclives a sintonizar con esta psicología “moderna” a la que no le interesan los sueños y que considera a Freud muerto, les muestra cómo el sueño de la razón engendra monstruos y que desconociendo y alejándose de este goce femenino, y no pudiendo tratarlo con otros recursos que no sea la promoción del órgano y la técnica psicológica, -pues no debe ser casual que ninguna de las escenas sexuales estén tocadas por la mano del dios Eros- termina en el callejón sin salida del asesinato, que puede ser real o metafórico.

A ellas, que pretenden creer que la maternidad es la “buena salida” de lo femenino y confunden lo femenino con lo maternal, Trier da a ver -eso sí, en blanco y negro, a cámara lenta y envuelto en una maravillosa música, es decir, envuelto por el velo de la belleza-, cómo ella es capaz de seguir gozando mientras su hijo cae por la ventana. Trier nos lo da a ver en el epílogo, cuando ella, justamente antes de decidir su ablación, recuerda ese momento. Son dos imágenes que transcurren en milésimas de segundo y que el espectador podrá seguir ignorándolas si así lo decide.

Es evidente que no he leído todas las críticas que se han hecho de esta película, pero desde luego en ninguna de las que he leído he encontrado comentado o expresado este punto, ¡tan insoportable resulta! No se trata de buenos y malos, locos y cuerdos, se trata de un real que seguirá insistiendo y que atraviesa todas las épocas. Un real que ni el más de los desaforados capitalismos podrá domeñar con su psicología esbirra.

Trier nos muestra con su final que en lo esencial no hay nada novedoso con respecto a otras épocas. Este hombre se queda solo con sus propias alucinaciones y comiendo unas moras del bosque, y en la escena final las mujeres pasan a su lado y en todas ellas está borrado lo irrepetible del rostro.

Sin embargo, lo inédito es en sí la película y el tratamiento de este real sin promover ningún juicio maniqueo, ni proponer ningún sentido religioso, salvo enfrentarnos con los que anidan en nosotros mismos.

Es como si Lars Von Trier nos dijera: ustedes pueden seguir en la ignorancia y el final de la historia será “la muerte del niño, la muerte de ella y esta salvación de la vida para él; vida que ha olvidado los motivos que la hacían digna de vivir”.

Mercedes de Francisco

Publicado en Blog de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.

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