El amor en femenino

 

Sociólogos, filósofos, escritores, parecen coincidir en que el siglo XXI está marcado por un deterioro y un cambio en el vínculo amoroso, determinado sobre todo por el auge de la tecno-ciencia y de las concepciones psicológicas que lo acompañan.

No podemos afirmar que el amor sea patrimonio de lo femenino o de la femineidad. Sin embargo, en los estudios realizados por dos mujeres Cristina Nehring y Eva Illouz, entre otras, se evidencia, cómo el amor incide de manera distinta según el sexo. En sus conclusiones, además de constatar el deterioro del vínculo amoroso tanto para hombres como para mujeres, hacen la salvedad de que son las mujeres las que salen peor paradas.

En el Seminario Aún Lacan hablando del nacimiento del amor cortés en el feudalismo nos dice: “en un grado tal de degeneración política, tenía que evidenciarse que, por el lado de la mujer, la cosa andaba muy mal”(1), ¿sería muy atrevido extrapolar esta afirmación a este momento de decadencia –que muchos definen como una Edad Media tecnológica- y afirmar hoy, que del lado de la mujer que Lacan ubica en sus fórmulas de la sexuación, la cosa no marcha bien?

Uno de los efectos devastadores del capitalismo es tratar de homogeneizar y de hacer equivalentes la forma de gozar de hombres y mujeres. Y de este efecto no se libran muchas mujeres que bien orientadas a la hora de mostrar como la “norma-macho” rige el mundo capitalista, proponen como alternativa disputar a los hombres los espacios y lugares siguiendo esta misma lógica.

Es así, como sin saberlo, sostienen aquello que denuncian. Beatriz Preciado en su libro Testo Yonqui, comienza su ensayo con el testimonio de su experiencia inyectándose testosterona y utilizando postizos para emular el goce masculino, y a continuación mostrar como el mercado del sexo, pornografía, fármacos, prostitución, etc. hace mover grandes capitales.

Se acepta que las mujeres sufren en mayor medida por esta destrucción del amor, sin embargo, para explicar esto no se tiene en cuenta la diferencia con respecto a la sexualidad, más bien, se la niega.

No parece muy bien visto mostrar que el amor para la mujer está íntimamente ligado a su goce femenino y que esto explicaría de lo que son capaces las mujeres por amor, una cesión sin límites de su cuerpo, de sus bienes, de su alma.

La Marilyn de Joyce Carol Oates es un magnífico ejemplo de esta búsqueda incesante del amor y la importancia que esto tuvo en su vida y de la incidencia del capitalismo sobre el cuerpo de una mujer. Es evidente que los hombres no necesitan para gozar sexualmente que les “asista” el amor y sin embargo, para las mujeres, goce femenino y amor están anudados. Vemos a Marilyn prestarse uno tras otro a los encuentros fálicos, pues sabe que para los hombres causarles el deseo puede ser el comienzo del amor; pero, salvo, en algunos, con lo único que se encontrará es con esta forma perversa polimorfa de abordar a la mujer.

De un lado, esta forma fetichista, parcial, de la sexualidad en el hombre y, por otro, esta forma erotómana en la mujer. Ahondar en esta diferencia, sigue siendo un tema delicado. Se nos acusará de darles argumentos al poder para en nombre de esta diferencia mantener las desigualdades históricas.

Desde luego, nada más lejos de nuestro planteamiento, y este encuentro de Pipol VI es una muestra de ello. El problema es aceptar que no-todo en ella queda bajo la égida de la significación fálica y este hecho se experimenta como un desorden en el mundo.

Es impresionante ver a través de la escritura de Joyce Carol como en Marilyn esto vuelve una y otra vez en cada una de sus historias de amor. Ellos despavoridos cuando descubrían que no podían atraparla enteramente, que ella se les escapaba. Pero el ejemplo de Marilyn no me parece paradigmático solamente porque muestre esto del lado masculino, sino porque lo muestra en ella misma. Norma Jean pretendía una “normalidad” que desorientó su vida de manera trágica. Sin entrar en consideraciones de diagnóstico estructural, su sometimiento al ideal de buena esposa y madre, que una y otra vez le resultaba imposible sostener, y su búsqueda del padre en cada uno de sus partenaire, -a ellos los llamaba papa-, era la manera, a mi parecer, en la que mostraba su rechazo a lo femenino. Es así como daba vueltas y construía su ficción alrededor de la imposible relación sexual. Para ellos que la amaron, Marilyn fue su sinthoma, para ella, ellos fueron su estrago, repitiendo el rechazo que una y otra vez encontraba en su madre esquizofrénica.

La mujer puede extraviarse con respecto a ese goce suplementario, adicional, deslocalizado, “que las excluye de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras y de lo cual ellas se quejan”(2). Aquí el capitalismo sabe cómo aprovechar lo que aleja a la mujer de este goce que la hace “en alguna parte ausente de sí misma”: el hijo como tapón pero no como resultado del encuentro cuerpo a cuerpo que puede abrir el camino del síntoma, sino a través de la procreación asistida que rápidamente obtura esta posibilidad; la oferta de la estética borrando las marcas singulares que hacen al cuerpo; el imperativo del igualitarismo que lleva a la mujer a la deriva histérica haciendo de hombre. Son ahora ellas las que van a la conquista para un encuentro fortuito y esporádico casi mudo, que las deja (cito a una paciente) “con frío en el corazón”. Ellos y ellas cada vez más alejados del amor como suplencia de la imposibilidad de escritura de la relación sexual.

Las mujeres escriben sobre el amor, a través de ensayos, novelas, etc. Algunas de estas escritoras extraen de sus vidas el material literario, algo que no es una novedad, salvo porque en sus textos se encuentra presente el cuerpo a través de los acontecimientos vividos. En la novela de Jeanette Winterson, “Por qué ser feliz si se puede ser normal”, cuya protagonista principal es ella, vemos el contrapunto de lo que fue Marilyn, una creencia en el amor y la escritura por fuera de los ideales del Edipo que le han permitido construir su obra y su vida.

Como nos decía Margarite Duras, la presencia de este cuerpo de la mujer que se construye de un solo trazo alrededor de un vacío, introduce en el mundo la diferencia.

El rechazo de este goce femenino, tanto del lado del hombre como de la mujer, atraviesa la historia. Creo no exagerar diciendo que en este momento, la ruptura del vínculo y la degradación del amor es el signo del rechazo a lo femenino que el capitalismo impone con su homogeneización y la fetichización de la mercancía.

La reducción del amor a un vínculo contractual de mercado lleva cada vez más a la promoción del goce del idiota que se aliena a los objetos que la técnica propone. Un goce alejado de toda marca singular.

El tipo de condición de amor erotómana en la mujer muestra la apertura a la palabra del Otro como nos dice Jacques-Lacan Miller en su curso “El partenaire síntoma”. Es a través de la poesía como el hombre podrá hacer el amor con ella y sobrepasar el goce fálico que lo sumerge en la contabilidad y que sintoniza con el afán de convertir el lazo amoroso en una iniciativa empresarial.

Es por ello que la opción de futuro viene de la mano de esta lógica del no-todo, que acepta que hay algo que no puede subsumirse en la significación, -que como nos advierte Lacan-, es siempre fálica. Algo que se experimenta en el cuerpo y para lo cual no alcanzan las palabras ni la cuantificación, pero que a través del amor provoca la escritura.

Es muy alentador, que Lacan en su Seminario Aún deje explicitado que un ser que habla provisto de los atributos de la masculinidad podrá ubicarse en este lado femenino y desde ahí vetará toda universalidad.

Desde esta perspectiva podríamos decir, para concluir, que el futuro para los seres parlantes, sexuados y mortales, con respecto al lazo amoroso se conjuga en femenino, tanto para ellos como para ellas.

Mercedes de Francisco

Publicado en El Psiconálisis nº 24


(1) Lacan, J. EL Seminario, Libro 20, Aún. Pag. 104 Paidós, Bs. As., 2006
(2) Ibid. Pag 89

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