La lujuria



La lujuria es uno de los siete pecados capitales de la religión católica, y a cada uno de estos pecados les corresponde una virtud que le hace contrapeso, en este caso la castidad. Aunque se trata de un pecado referido a los actos sexuales, tiene un costado más general y que puede servir para adjetivar cualquiera de los otros.

De estos pecados se derivan todos los demás, y en ellos podemos encontrar lo que en nuestros términos sería una clasificación del “goce del ser hablante”.

Los “excesos” recogidos en esta lista ya les resultaban problemáticos a los Antiguos. Pero desde luego contaban con ello, y Grecia de una forma y Roma de otra organizaron su vida social a través de costumbres, filosofía, leyes, para afrontar las tendencias excesivas del ser humano que consideraban degradantes y destructivas.

Pascal Quignard en su ensayo el Sexo y el Espanto(1) nos dice que nunca hubo homosexualidad griega ni romana y que la palabra “homosexualidad” apareció en 1869 y la de “heterosexualidad” en 1890. Para griegos y romanos la cuestión sexual pasaba por la división entre actividad y pasividad.

La actividad estaba referida fundamentalmente al privilegio del “falo”, todo lo que tenía que ver con los “orificios”, sobre todo entre los romanos, era considerado una impudicia. Para los romanos no importaban los excesos en sí mismos, si estos no atentaban contra el privilegio del falo y resguardaban la descendencia, el lugar del Pater. La lucha entre Eros y Tánatos estaba presente de manera continua en su vida. Eros representando la vida a través de la entronización de la potencia, y el germen de la vida a través del semen, y Tánatos todo lo que se opusiera a ello. Los romanos estaban verdaderamente obsesionados por el problema de la potencia masculina, cualquier signo de impotencia se consideraba efecto de alguna maldición, a la que había que poner remedio. Las supersticiones funcionaban como antídotos frente a esto que les atormentaba.

Freud, pone de nuevo en primer plano este anudamiento entre la sexualidad y la muerte, a través de lo que escucha en sus pacientes, deduce de su propia vida y estudia sobre la Antigüedad y los Mitos.
Vemos así, como el tema de la lujuria es atemporal, atraviesa todas las épocas. Pero hay distintas escansiones que pueden ser interesantes marcar.

Los griegos, bien en su versión socrática-platónica, o bien en su versión aristotélica se dieron una organización de la polis; los romanos con sus estrictas leyes también; el cristianismo y la iglesia asumió la tarea de regular exhaustivamente estas tendencias a través de los pecados, pero sabiendo que son “ineliminables”. Y es a partir de aquí que el pecado, la culpa, el arrepentimiento, la confesión y el perdón, entran en nuestro entramado simbólico e imaginario.

La influencia y el poder de la Iglesia Católica no está desvinculada de esta forma de abordar y tratar el goce. Por una parte, regulándolo exhaustivamente y, por otra, permitiéndolo por vía de la confesión. Los padres de la Iglesia saben de la imposibilidad de eliminar el goce que nos habita.

Jacques Lacan nos habla de la religión católica como la religión del goce lo que se pone fundamentalmente de manifiesto en el Barroco.

Lo que atraviesa las épocas es lo que Jacques Lacan nos dice en su Discurso a los Católicos “algo irremediablemente equivocado de la sexualidad humana”(2). Y a partir de esto que atraviesa la historia de la humanidad podemos afirmar, que otra de las escansiones fundamentales ha sido la aparición de la verdad freudiana, que nos ha afectado cualquiera de las manifestaciones de nuestra cultura y nuestra vida.

Tanto en los Antiguos como en el abordaje que la Iglesia hace de “la imposibilidad de la relación sexual”, queda de lado el goce femenino, el relacionado con los orificios, ese misterio al que no convenía mirar de cerca pues implicaba un castigo. Tenemos así la medusa que petrifica al que la mira de frente, a Tiresias que como conoció dicho goce se quedó ciego, a Edipo…etc. Por ello las representaciones de la mirada en las pinturas romanas son de soslayo.

Lo femenino no tiene la posibilidad de fecundar y por ello su goce es algo impúdico, inútil, “maléfico”, además no está afectado por la detumescencia, está referido al vacío…que lo puede aspirar todo. Es así como ellas son las que pueden llevar a la perdición…
Cuando Freud se atreve a preguntarse por la sexualidad femenina supone una ruptura fundamental. Freud tuvo esa valentía y atrevimiento y no temió al “castigo”.

Llegó a dejar abierta la pregunta qué quiere la mujer, y marcó las diferencias entre los sexos en referencia al falo, a las consecuencias de tenerlo o no tenerlo.

Pero es Lacan el que recoge el guante dejado por Freud y se atreve a diferenciar claramente el goce fálico del goce femenino. Y nos plantea cómo la significación siempre es fálica, siempre cae en el imperio del más y el menos, del tener o no tener, de la presencia ausencia, del todo y la excepción.

De esta manera Jacques Lacan realiza algo de un alcance que considero se nos torna por momentos impensable. La zona prohibida, la barrera, el misterio, al que Lacan se asoma y del que hace surgir la lógica del no-todo. Después de siglos, de logos, de filosofía, de religión, es Lacan el que hace ingresar algo nuevo y se atreve a mirar eso que no se podía mirar porque había que sostener el pater, la descendencia.

Si para Freud la cuestión del padre fue un límite, Lacan se sirve de Freud, padre del psicoanálisis, para pasar este falso límite. Es así como introduce el acontecimiento del cuerpo en la experiencia analítica, como alumbra una nueva lógica que implica la posibilidad de un nuevo lazo social…, ¿incluso una nueva polis?...

Nos habla de un goce generalizado, que se caracteriza por ser del orden del exceso, el gasto, la hazaña, por tanto se trata de la lujuria generalizada…si esto es inelimilable, y cualquiera que mire un poco lo que pasa en el mundo puede tener constancia de ello, ¿cual es la singular propuesta del psicoanálisis que no se confunda con una filosofía, una religión, una terapéutica, ni técnica posible?

Una de las formas que ha tenido el discurso del amo, el pensamiento occidental de tratar la lujuría ha sido a través del amor, una forma de tratar la enfermedad incurable del ser que habla. Aunque ha servido para velar esta imposibilidad cuyo exponente es lo hetero, lo femenino, de alguna manera las diferentes formas de amor que han presidido las épocas no dejaba de contemplar esta diferencia.

Los fenómenos de estallido del goce, anudados a los objetos y descubrimientos técnicos que vivimos en la actualidad son el producto del discurso capitalista que en su germen, como plantea Lacan, lleva el intento de erradicar lo imposible. Si los diferentes discursos para Lacan son una formalización del lazo social, este discurso es un contrasentido, porque implica la ruptura de dicho lazo.

No es casual que se hable en esta época de la decadencia del amor, de un avance del solipsismo, de ruptura del lazo con el otro. Frente a este discurso que ya no es el del amo clásico, ¿que puede aportar el psicoanálisis?

Jacques Lacan, en su discurso a los católicos y el triunfo de la religión se pregunta por el futuro del psicoanálisis…, y nos dice que el psicoanálisis “no triunfará” que es la religión la que triunfará sin duda, y que se trata sobre todo para el psicoanálisis de sobrevivir.

Frente a esta visión que “no es ni alarmista, ni angustiada”, como nos aclara Lacan en la entrevista “El triunfo de la religión”(3), añadiremos ahora la pregunta ¿cómo hará el psicoanálisis para sobrevivir al empuje científico-técnico de este capitalismo salvaje y tardío?, al que le acompañan el terror y la destrucción que quieren imponer los fanatismos religiosos.

Lacan nos habla de que el psicoanálisis no debe abandonar el lugar de síntoma del malestar en la cultura, que pone encima de la mesa lo femenino y lo hetero por excelencia, lo imposible y su tratamiento.

“Nuestro sinthoma” se caracteriza por el exceso en forma de iteración, de volver a ello una y otra vez, por no ser absorbido o regulado del todo por ninguna ley, y por ser lo que se pondrá en juego en el cuerpo a cuerpo con el otro sexo. El psicoanálisis no es una moral, ni una técnica, ni un terapéutica… se trata de una experiencia que asume con todas las consecuencias el hecho de lo femenino en el mundo y la imposible armonía entre los sexos. En su texto La proposición del pase, Lacan nos dice que como la relación sexual es imposible, puede funcionar de cualquier manera.

Se tratará de hacer posible la vida en común usando nuestra “extravagancia” como baluarte para el lazo, una extravagancia que no vaya a favor de la pulsión de muerte, del empuje destructivo hacia el otro como hacía uno mismo.

“La religión se creó para que los hombres no se den cuenta de esto que no anda…”(4), nos defendemos de este real abrazando la fe del sentido, y el psicoanálisis de orientación lacaniana funciona molestando esta defensa, poniéndola en cuestión.

Expresaré un deseo con las palabras de Lacan “en muy poco tiempo encontrarán a Lacan en cada esquina”(5)…y con ello se estará advertido que la difamación y el maltrato a la mujer, porque en ella se ubica lo horroroso y lo maléfico, “la lujuria”, es una estrategia destructiva que ha marcado la historia de la humanidad.

Un best-seller como 50 sombras de Grey, un producto ejemplar del capitalismo vuelve a ser la entronización del falo, sin detumescencia, sin flaquear, y además se hace creer que, a través de un contrato, se puede llegar a tornar posible la relación sexual. Un verdadero canto a Tánatos que ha ido siempre de la mano de la fascinación por el falo, tanto para ellos como para ellas.

Mercedes de Francisco

Publicado en Revista Letras Lacanianas nº 10.


(1) Quignard, Pascal. El sexo y el espanto. Barcelona 2014. Editorial Minúscula, S.L. Pág. 12.
(2) Lacan, Jacques. El triunfo de la religión. Buenos Aires 2005 Paidós Ibérica.
(3) Ibídem.
(4) Ibídem.
(5) Ibídem.

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