Víctima!



En nuestra actualidad, sobre las víctimas se organiza un gran manto protector, o bien a través de las agrupaciones civiles para su defensa, o desde el propio Estado.

En España, por nuestra historia esto ha sido un elemento de la política ineludible y la mayoría de las veces hemos asistido al uso más artero de las llamadas “víctimas” con el fin de sostenerse en el poder.

Este es un significante que atraviesa en este momento la vida de los ciudadanos, se habla de las víctimas de la crisis, de la corrupción, de la falta de trabajo, de la pobreza, de los desahucios; son víctimas de una violencia no directa. Están, también las víctimas de las guerras, etc. Y el fenómeno social que inquieta cada vez más de la llamada violencia de género con un número creciente de víctimas que ninguna ley, ni atención social, ni policial, logra frenar.

Rápidamente nos viene a la mente la afirmación de Freud en el Malestar en la Cultura, cuando nos dice “El hombre intenta satisfacer su necesidad de agresión a expensas de su prójimo, de explotar su trabajo sin compensación, de utilizarlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infligirle sufrimientos, de martirizarlo y de matarlo”, que como nos dice Jacques-Alain Miller(1) es una definición de hombre que integra la pulsión de muerte.

Desde esta perspectiva una víctima es la que se encuentra con un semejante haciendo ejercicio de este goce. De principio, la satisfacción en juego correría a cargo del agresor y la víctima contingentemente padecería las consecuencias.

Nada que ver esta víctima, fruto de la contingencia, con la Antígona de Sófocles, a la que Jacques Lacan a lo largo de su enseñanza hará numerosas referencias y especialmente en su Seminario de la Ética del Psicoanálisis(2). Antígona ejerce en nosotros una fascinación y atracción por lo que tiene de desconcertante esta “víctima tan terriblemente voluntaria”. Elige el martirio, una elección “sin compasión ni temor”.

Hecha esta distinción de forma rápida, nos centraremos en las “víctimas” de la “llamada violencia de género”, en su gran mayoría mujeres. En estos casos, se repiten una serie de elementos que producen perplejidad en la sociedad. Generalmente se produce el asesinato después de años de violencia, que las mujeres sufren en muchos casos en silencio, o incluso nos encontramos con el fenómeno que más desconcierta a los jueces, las mujeres que después de denunciar al agresor, en un número significativo vuelven a reanudar la relación con ellos. Muchas mujeres tratan de explicarse a sí mismas este consentimiento preguntándose por un posible masoquismo de su lado, que junto con la vergüenza, haría difícil sacar a la luz su situación.

Consideramos importante subrayar que ser víctima de una agresión no es equivalente a un goce masoquista. Los desarrollos que Jacques Lacan hace en su texto Kant con Sade(3) y en el Seminario de la Angustia(4), sobre el sadismo y el masoquismo nos permiten separar estas dos cuestiones. El partenaire del sádico no es un masoquista, entre otras cosas porque el sádico lo que busca es provocar la angustia en su víctima y con un partenaire masoquista podemos suponer que no lo conseguiría.

Por tanto explicar el consentimiento de las mujeres al maltrato por parte de sus parejas, por el “masoquismo femenino” es una forma de eludir lo que está en juego. Cuando se cae del lado de la víctima de forma contingente, una de las primeras preguntas que surge es porqué “me eligió a mí”, lo que lleva a sentimientos de culpa y a una justificación del maltratador. Es una forma de dar consistencia al Otro, a veces incluso bajo la forma del Dios Padre.

Es evidente, que en el caso específico de la violencia de género, se pone en juego lo “acomodaticio” de ellas frente al partenaire. Las explicaciones sociológicas que intentan dar cuenta de este drama, dejan de lado lo que consideramos más esclarecedor para entender este “consentimiento” del que no es muy políticamente correcto hablar. Este consentimiento no responde a un hacerse víctima del goce del partenaire, sino al goce femenino que anudado al amor se pone en juego para ellas. Aceptar ser víctimas del maltrato de un hombre muchas de ellas lo justifican, durante mucho tiempo, porque consideran que ellos las aman. Aferrarse a este amor y al goce que conlleva es lo que en muchas ocasiones finaliza trágicamente.

No se trata de mujeres que a la manera de Antígona eligen el martirio, sino que una vez que se encuentran contingentemente con la violencia del Otro, muchas veces bajo la forma de celos patológicos, lo consideran un signo de amor.

La identificación al lugar de víctima que la sociedad propone para ellas, alejándolas cada vez más de la responsabilidad que conlleva su posición de goce, las torna más frágiles y desorientadas frente a ese Otro violento del que se las pretende salvaguardar.

Mercedes de Francisco

Publicado en PIPOL News. Julio 2015.


(1) MILLER, J-A., Curso de orientación Lacaniana el Partenaire-Sintoma. Buenos Aires 2008. Paidós. Pág. 139.
(2) LACAN, J., Seminario VII La Ética del psicoanálisis. Buenos Aires 1998. Paidós.
(3) LACAN, J., Kant con Sade. Escritos II. Madrid 1984. Siglo XXI Editores.
(4) LACAN, J., Seminario X. La Angustia. Buenos Aires 2006. Paidós.

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