Ser hombre, ser mujer. Lo que se tambalea en el siglo XXI



En primer lugar, la cuestión del ser es considerada por el psicoanálisis de orientación lacaniana del orden del semblante, por tanto tiende a la variación histórica y a estar determinada por ella.

No era lo mismo ser hombre o mujer en el siglo XIX que ahora. No se trata de ningún “esencialismo” el que nos orienta, ninguna definición cerrada.

Desde esta perspectiva este “tambaleo” no ha dejado de estar presente a lo largo de las épocas cuando se aborda esta pregunta. Pero, cuando hablamos del siglo XXI, nos enfrentamos a un cambio cualitativo. El desarrollo del capitalismo postfordista, financiero, sostenido y anudado al desarrollo de la tecno-ciencia, y la creación de subjetividades con el apoyo de la psicología conductista, afectan a la relación entre hombres y mujeres de forma nueva.

Cuando abordamos este campo del ser, cuando tratamos de definir o de establecer atributos, nos encontramos en el ámbito de los registros imaginario y simbólico, dejando en una posición exterior la cuestión de lo real. De alguna manera, hacemos “cierta psicología” aunque sea en nuestros términos. Además tenemos que echar mano de ciertas generalizaciones que no son muy de nuestro gusto. Pero esto es inevitable por el solo hecho de hablar.

Quisiera aclarar que ser hombre, ser mujer, no se pueden responder desde una perspectiva biológica o fisiológica. Son una construcción, ya Simone de Beauvoir afirmó que una mujer se hacía, no nacía.

Freud y su invención del psicoanálisis surge en un siglo que se caracterizó por una moral retrógrada, que intentaba despojar a la mujer de su sexualidad, en términos de su deseo y su goce. El psicoanálisis devuelve a la mujer su “sexualidad”, y a través de su clínica ahonda en esta diferencia entre hombres y mujeres.

Una de las mayores injusticias que se pueden cometer con Freud es considerar a esta indagación de la diferencia, como un intento de mantener a la mujer subyugada y sin derechos.

El valor del psicoanálisis es haberse adentrado, con el sostén de la clínica, en esta pregunta por la diferencia de los sexos. Preguntarse por uno de los aspectos fundamentales que hace al ser humano, su ser sexuado.

Como decíamos al principio, nuestra visión no es esencialista y Jacques Lacan nos habla de posiciones y lógicas. El semblante es una de las formas que tenemos de bordear lo real y el género es un semblante.

Actualmente los semblantes se tambalean, o más bien se multiplican, si antes estaban más definidos, ahora se generan semblantes acorde con las maneras de gozar de cada uno. Esto es afín a esta época capitalista que ha puesto en “el cenit”, como nos señala Jacques-Alain Miller, el goce de cada individuo en el lugar del Ideal como pasaba en otras épocas.

Pero frente a esto que varía, encontramos características que se repiten y que están referidos al goce como efecto de lo real.

Hablamos por un lado, de un goce que está anudado a lo más singular de la existencia de cada uno, donde la diferencia sexual no se pone en juego; y por otro, del goce que se anuda a esta diferencia, la que introduce en el mundo la existencia del “cuerpo de la mujer”.

El capitalismo sintoniza muy bien con este goce individual que deja afuera lo hetero, la diferencia, y que sin embargo no tiene ningún problema en explotar toda la proliferación de versiones de goce.

Las sociólogas y sociólogos han hecho muchos estudios de campo para mostrarnos algo evidente, cada vez más los hombres se alejan del compromiso amoroso y se encierra en un goce masturbatorio y solipsista sostenido en la pornografía. Los modelos de sexualidad para los adolescentes han pasado de ser los eróticos-románticos del cine a ser los pornográficos de internet. Un encuentro sexual tecnificado que también aceptan las mujeres con mucha tranquilidad, aunque se comprobará, que tanto para ellos como para ellas, será frustrante. Una intimidad “devaluada” y exenta de intensidad.

Antes, el hombre contaba con semblantes, que se sostenían en un ideal de virilidad para abordar el “misterio femenino”, ahora muchos estudiosos de la época consideran que los cambios y los derechos adquiridos por las mujeres, tanto sociales como laborales, han dejado a los hombres fuera de juego, sin armas para este abordaje.

En distintos momentos de la historia ha cambiado la concepción del amor y las definiciones de qué es ser un hombre o una mujer. En cualquiera de ellas el amor pretende suplir la imposible complementariedad entre los sexos, y se “rechaza” bajo distintas semblanzas a la “mujer”.

Pero si esto viene atravesando nuestra civilización, nuestra cultura, ¿por qué pensar que ahora se trata de otra cosa?

Este capitalismo financiero anudado a la tecno-ciencia tiene su incidencia y extrae capital del lazo social, de generar subjetividades, de homogeneizar a los sujetos. El discurso capitalista en su circularidad imparable, elimina lo imposible y por tanto la diferencia.

Nos igualamos en lo más singular y diferente de la existencia de cada uno, lo que en los últimos años de su enseñanza Lacan llamó sinthoma. Sin embargo, el capitalismo nos homogeneiza borrando y eliminando lo más singular que tenemos. Con su psicología conductista que nos hace aspirar a una conducta normal, con la homogeneización sostenida en las falsas diferencias, eliminando lo hetero por excelencia.

Aunque los países democráticos y del llamado “primer mundo” las mujeres gocemos de derechos impensables hasta los años 60, no hay que olvidarse de los fenómenos de violencia contra las mujeres, explotación y esclavitud sexual, feminicidio, violencia de género… etc. Os recomiendo si no la habéis visto la película de Costa Gavras El Capital, donde se puede tener una idea del lugar de la mujer entre los magnates de las finanzas.

Quizás a la manera de la Edad Media, estemos en un momento no tan bueno para las mujeres.

Lacan nos muestra que hay algo que se deriva del goce femenino, un goce no parcial, ni exclusivamente fálico, una nueva lógica, que nombra como no-todo.

Freud, indagó el ser hombre, ser mujer, referido al falo, al tener o no-tener y los efectos que a nivel psíquico esto suponía. De ahí se derivó la protesta viril para el hombre (sentimiento de rivalidad e inferioridad frente a otro hombre) y la envidia del pene (aspiración a la posesión del órgano) para la mujer. Pero al final de su vida y en los últimos textos que escribió, llegó a la conclusión que para ambos sexos emergía “el rechazo a lo femenino”.

A partir de aquí Lacan hablará más claramente; hablará de posiciones que se derivan de la diferencia de los goces, el fálico y el femenino, al que correspondería una lógica no-toda que no puede quedar absorbida en el lenguaje y en la significación. Que conecta con el imposible de decir, de escribir.

No existe un ser que hable que no esté bajo la lógica fálica, que está íntimamente anudada al lenguaje, pero no todo en el ser parlante queda subsumido en esta lógica. Esto implica poner en cuestión un saber absoluto, la “norma macho”, el para todos, el predominio del universal. Y por tanto, hacer existir una lógica de la inconsistencia, de lo más singular, del uno por uno. Una lógica que horada el muro que separa al hombre y a la mujer… que resiste a la tendencia al racismo, la segregación.

Hace unos años Jacques-Alain Miller nos dijo que “el futuro se conjugará en femenino”. Ahora vemos en España el partido de Podemos y otros movimientos sociales diciendo que “hay que feminizar la política”, y está claro que no habla exclusivamente de la paridad en los cargos, sino de otra forma de hacer política. Nos hablan de la escucha, del cuidado, de lo común, cuestiones que nos resuenan a los psicoanalistas cuando Lacan nos dice que la mujer tiene una mayor conexión con lo real, y que ello entra en sintonía con la posición del psicoanalista.

Es evidente que tanto para ser hombre como para ser mujer se tratará según nuestra perspectiva de cómo resistir al rechazo de lo femenino. Porque cualquiera, tanto si se dice hombre como si se dice mujer tiene que vérselas con este rechazo. Incluso ellas, pueden llegar a ser más feroces en este rechazo. En cualquier caso, la historia demuestra que portar un cuerpo de mujer es en sí mismo “un riesgo” pues hace presente el vacío y el goce en todo el cuerpo.

Y desde luego para el capitalismo que se feminice la política y el lazo social nunca será una buena noticia.

Mercedes de Francisco

Publicado en Volume Antenna Clínica di PIPOL 2016 y en el N° 3 de la revista "La libertad de pluma".

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