Del sin-sentido al exceso



Recuerdo sobre los nueve o diez años un gran desasosiego con respecto a ciertas palabras. Infinito y siempre eran dos significantes que suponían un tope al significado, suponían una fuga del sentido. No había ninguna representación que viniera en mi ayuda. Abrían un agujero que no había forma de llenar y que desesperaban un poco a esa niña cuyo amor por las palabras y la escritura había sido un ancla desde los cinco años. Así hizo su aparición “este significante que falta en el Otro” e implicó una experiencia en el cuerpo inquietante.

Pocos años después y como contrapartida, la experimentación en el cuerpo de cierto acontecimiento de goce respondió a ese agujero.

A los veintitrés años, en un momento convulso de mi vida amorosa, realicé un viaje sola a Roma, que me enfrentó a una intensa vivencia donde cualquier signo se tornaba cargado de significación. Este “trance” lo creo íntimamente ligado a esta experiencia de la “no relación”.

Una mañana de verano llegaba a Roma sin hotel reservado y sin que nadie supiera a ciencia cierta en que ciudad de Italia y en qué lugar me hospedaba. En esos años no existían los teléfonos móviles, ni los localizadores. Dispuesta a hacer este viaje que podría nombrar como de “aprendizaje” al estilo de los viajes de Wilhelm Meister(1)  emprendí de la búsqueda de un hospedaje no muy oneroso. Para ello caminé desde la estación de tren hasta un pequeño hostal que se encontraba en un piso y cuyo nombre que aparecía en la puerta no era un significante cualquiera sino un as de las cartas de póker no recuerdo de que palo y un nombre en italiano debajo de la carta. El recepcionista también estaba marcado por un rasgo, era bizco. Todos estos pequeños detalles que jalonaron mi entrada en Roma después de un largo viaje por barco desde Valencia hasta Génova y desde Génova en tren hasta Roma, no tomaron relevancia hasta horas más tarde.

Dado mi cansancio, no salí rápidamente a pasear, dormí unas cuantas horas matinales y antes de la hora de la comida paseé sin rumbo, en busca de un lugar agradable para reponer fuerzas. En un pequeño café, un hombre bastante amable y educado conversó conmigo y después de un rato me preguntó si quería que fuéramos a comer pizza. Me dijo que él tenía su coche cerca. Hacía dos años más o menos que había viajado a Roma unos tres o cuatro días acompañada por mi pareja de ese momento, y por supuesto no conocía la ciudad, por lo que no sabía a ciencia cierta donde me encontraba. En principio ese hombre desconocido me daba confianza, pero cuando me senté en su coche, que por lo que sé ahora y desconocía en ese momento debía ser un descapotable rojo probablemente un Ferrari o una marca similar, y me dijo que podíamos ir a comer pizza a un sitio magnífico a las afueras de Roma, me puse alerta, y por primera vez desde mi llegada tuve miedo. Comprendí en un instante que por mi condición de mujer estaba corriendo un riesgo “innecesario”, que había sido imprudente subirme a su coche. Muy educada y discretamente le dije que prefería quedarme en el centro de Roma y que, además tenía que volver a mi habitación porque “mi marido”, que llegaba al día siguiente, me llamaría al hotel en una hora más o menos. Todo ello era mentira. Con mi pareja de ese momento estaba en proceso de separación, nadie me iba a llamar al hotel porque nadie sabía la dirección, ni siquiera mis padres ni ninguna amiga, estaba realmente sola. Por suerte para mí, este hombre aceptó mis evasivas, no me llevó a las afueras y me las ingenié para despedirme de él e irme al hostal sin que me acompañara pues no quería que supiera donde estaba.

Ya había comenzado el efecto sobre mí de esta “soledad” elegida en este viaje de transición y de decisión. De golpe comprendí lo vulnerable que me encontraba, ¡nadie sabía de mi paradero! Y me encontraba en una encrucijada “amorosa” difícil de resolver.

Llegué al hotel con la idea de que allí me hallaría de alguna manera cobijada y que “al día siguiente sería otro día”, pero ya se había abierto la espita de la angustia con toda su potencia. A partir de aquí el nombre del hostal se me tornaba inquietante, el recepcionista bizco me producía gran inquietud, me sentía totalmente desprotegida y a merced del Otro. Había sentido el desamparo radical de no tener, aunque fuera solo por unos días, ningún lugar en el Otro. Pero no sabía cómo salir de esta angustia y lo primero que hice es tratar de ponerme en contacto con mis padres, para ello me fui a una central telefónica lo más cercana posible y que ya estaba a punto de cerrar, eran las 20 horas, más o menos, en pleno agosto romano. No encontré a mis padres, llamé al hombre del que me estaba separando y tampoco, a mi mejor amiga no la ubiqué, el nuevo hombre de mi vida estaba inaccesible en ese momento…seguía como antes, a la intemperie. Todo me hacía signo en el hostal y aunque sabía que esto respondía a este momento de desamparo no podía pararlo, cada vez se me hacía más insoportable pensar pasar la noche allí. En el intento de hacer esta llamada al Otro, le pregunté a un usuario de la central telefónica que cual era el significado del nombre del hostal y su respuesta que esperaba me apaciguara fue todavía más inquietante, se trataba de un tipo de trampa que se puede hacer en el póker. Es ahí cuando ya en un cierto borde de la desesperación decidí no luchar contra mi “trance paranoico” al estilo daliniano y buscar como tranquilizarme. Como era el comienzo de mi viaje llevaba todo el dinero del que dispondría para esos quince días de vacaciones por Italia, así que salí a caminar hasta que encontré uno de los mejores hoteles de Roma y cogí una habitación para esas dos o tres noches que me quedaría en la ciudad.

Los semblantes de respetabilidad que daba “la categoría” del hotel paró la proliferación de sentido y pude aceptar seguir ese viaje con tranquilidad. Era muy joven, y quizás eso me daba una valentía que me permitió seguir mi viaje de Roma a Florencia y de ahí a Venecia y vuelta a Génova para coger el barco. Estos traslados solía hacerlos en tren y por la noche para no gastar demasiado. En la Italia de los años 80 una joven turista viajando sola por la noche no era muy habitual. Recuerdo una conversación en un tren con una mujer y su hija, donde me preguntó que cómo era que viajaba sola, así me transmitió discretamente que me convenía cuidarme y que lo que estaba haciendo era arriesgado. Pero ahí ya había salido del bache, había contactado días posteriores con mi familia y aunque seguían sin saber muy bien donde me encontraba salvo la ciudad de la que se trataba, estaba más tranquila.

Y sobre todo la tranquilidad me vino cuando comprendí que estaba “realmente” sola con respecto a ese nuevo hombre en mi vida y tomé la decisión de dejarlo. Curiosamente esta doble separación y pérdida que había decidido poner en práctica a la vuelta de Italia, me apenaba mucho, no solamente porque un amor se hubiera terminado, sino porque el nuevo también terminaba…no por falta de cariño como dice el bolero. Por esto, fue un viaje agridulce…Venecia fue la última ciudad visitada en la que también tuve vivencias de una gran intensidad pero no como las romanas…Adelanté mi vuelta unos dos o tres días por falta de recursos y porque ya había hecho mi viaje en todos los sentidos y en Madrid me aguardaba poner en práctica las decisiones, de gran importancia para mi vida, que había tomado. Aceptar la soledad más radical no implica la vida solitaria, ni es necesario exponerse y buscar esa vulnerabilidad…eso es algo que aprendí en este “trance del exceso del sentido”.

Nada más llegar a Madrid puse en marcha mis decisiones, me separé definitivamente de mi pareja, me fui a vivir con mi amiga íntima y su novio, y me alejé de ese nuevo hombre en mi vida...y ¿querríais saber cómo siguió o terminó la historia?: eso ya es “otro cantar”. Aunque el Otro sea inconsistente, los otros existen, responden y actúan y a veces podemos encontrarnos con una sorpresa. Saber lo que va a hacer el “otro con minúscula” no es un signo de amor…el signo de amor surge de lo imprevisible… y eso fue lo que ocurrió.

Mercedes de Francisco

Publicado en Letras Lacanianas nº 15 abril 2018
Revista de Psicoanálisis de la comunidad de Madrid-ELP




(1) J.W.Goethe. Los años de aprendizaje de Wilheim Meister, editorial Cátedra.

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